Las cosas se acaban, y no pasa nada 4'

por Bor Cobritas 12/05/2016

Las cosas se acaban, y no pasa nada

De vez en cuando las cosas se acaban. Tan tonto como las galletas o tan serio como una amistad de toda la vida; cuando vas a tomarte “la última” te das cuenta de que no va a poder ser tal, y te quedas colgado en un limbo semántico de desconcierto al ver que vas a tener que volver a ponerle nombre a algunas cosas.

Y qué pereza.

El año pasado le daba muchas vueltas a la futilidad del todo y la impermanencia como característica vital de cualquier cosa; el tema de aprehender fuerte lo de que las cosas se terminan y usar eso como fundamento para saber valorar el resto de las cosas. De un tiempo a esta parte, como cuando ibas a las prácticas de la uni, me han ido pasando historias que han ido arraigando las ideas dentro de experiencias de verdad. Y pasa como cuando las prácticas de la uni: que a la hora de la verdad, como que te medio sabes la teoría, pero no tienes ni puta de cómo aplicarla en la vida real.

Esa parálisis guapa

Normalmente, puedes elegir entre pensar o hacer, pero nunca las dos cosas. Entre las ventajas de pensar están que te preparas conceptualmente para los retos que la vida te va a presentar; entre los contras, que, como nunca dejas de pensar, tampoco te topas nunca con ninguno de esos retos. Así que caca. Es un poco la maldición de esta era de internet y la información al alcance de la mano: que es demasiado fácil vivir en la irrealidad de las cosas que no están pasando en este mismo momento (y no, los streamings de YouTube no cuentan).

Encerrarse en el no hacer nada es la forma más fácil de no tener que enfrentarse nunca a que las cosas se terminan tarde o temprano. Es una bonita explicación de por qué el 90% de nosotros procrastinamos como si lo fueran a prohibir en lugar de ponernos a ello. Es que todos sabemos cómo se siente cuando las cosas se acaban, y jode de lo lindo.

Es como no presentarse al examen por no catear, no echar curriculums por si te rechazan, no empezar relaciones por si se terminan, no dar pasos por si te cansas; esas cusetas.

Genio y figura

Decía Tyson que todos tenemos un plan hasta que nos parten la cara. Y es en ese momento cuando puedes levantarte e improvisar o largarte y echarle la culpa al resto del universo de que tu plan no haya salido como pensabas.

Cada día soy más fan de hablar menos (sirva este post como una linda excepción) y hacer más; porque hay que llevarse más hostias, y tampoco pasa nada. Las heridas se curan y dejan cicatrices cuquis, los corazones se recomponen y te das cuenta de que puedes seguir confiando sin miedo a que te destrocen, y la confianza se recupera después de un rechazo; al final aprendes, eso sobre todo.

Ser de una forma va a hacer que haya gente que te adore, gente que pase de ti y gente que no te entienda, incluso que te odie. Esto significa que habrá gente con la que sí, gente con la que meh y gente con la que no, y ninguno es más importante que otro. Quicir, si tú estás a gusto con cómo eres, consideras que eres íntegro y consecuente con tus valores, tienes gente que te quiere y no estás cometiendo crímenes contra la humanidad, es bien. Lo importante es que puedas ser, independientemente del contexto.

Hay que aceptarse más

De verdad, no tienes que empezar a comprar autoayuda casposa para cambiar tu forma de ser si no quieres cambiarla. No tienes que apuntarte al gimnasio, comer paleo, levantarte a las 6, meditar, llevar un diario, hacer rituales de agradecimiento y esas milongas. Algunos de nosotros que venimos más tarados de fábrica nos beneficiamos fuerte de todo eso, pero igual tú no, y tampoco hace falta.

Las cosas chungas tienden a pasar siempre cuando peor te viene. En esos momentos, lo único que necesitas es algo a lo que agarrarte mientras pasa el vendaval, y el mejor poste tiendes a ser tú mismo, y tú mismo tienes que gustarte a ti.

Cuando la mierda alcanza el ventilador y empieza el difuminado escatológico, lo único que necesitas es quererte lo suficiente como para sentirte bien sabiendo que vas a tener que limpiar después. Cuando llegan los finales, cuando los planes no funcionan, cuando los exámenes no se aprueban, cuando los trabajos no salen, cuando los enfermos no remontan, cuando las relaciones se esfuman, ahí, cuando se termina el contexto, solo se necesita ser, pensar lo mínimo, aprender y seguir caminando.

Cuando se acaba la película es cuando puedes seguir con tu vida. Porque chavales, los finales son unos principios cojonudos; si te das la vuelta y dejas de mirar atrás, claro.

Igual también te mola

2 comentarios

e_vcm 12/05/2016 - 11:44

Un amigo psicólogo – mejor llamarlo amigo para no quedar por desequilibrada- me decía en una ocasión que una forma de entender la angustia que sentimos cuando se terminan algunas cosas o etapas, es dándonos cuenta de que en el fondo percibimos la muerte de lo que éramos nosotros mismos en ese momento, o junto a aquello que terminó. Y más aún, que para superarlo, nos toca a nosotros en primera persona, terminar de matar a ese “yo del pasado” para que el nuevo “yo del presente” pueda triunfar y avanzar sin problemas. De algún modo, no está mal experimentar cierto duelo, pero no quedarse en ello.. Dar paso al verdugo que todos llevamos dentro… No mentira, a nuevas posibilidades y cosas lindas. A nuevos comienzos, como decías en el post. Hoy, yo me quedo un poco con esa teoría de las muertes y los asesinatos simbólicos, pero también con entender que somos animales de costumbre, y que por ello nos cuesta tanto “desacostumbrarnos”…
Lindo post. Un saludo grande!

Reply
Bor Cobritas 13/05/2016 - 12:08

Me parece una forma de verlo buenísima lo de la muerte del yo de antes. Ese amigo tuyo psicólogo sabe lo que se dice 🙂

Reply

La charla sigue aquí abajo